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A la redención por Armstrong

Las reflexiones sobre la entrevista de Lance Armstrong han rondado mucho lo religioso. Confesión, arrepentimiento, redención. En este caso, lo religioso como espectáculo de masas, es decir, como representación después de la cual la grada juzga el grado de satisfacción recibida. Si Armstrong se ha arrepentido lo suficiente, si lo ha hecho de todo de lo que debería. Más importante: si con el rato de charla a la vera de Oprah Winfrey ha hecho méritos suficientes para la redención. Aunque no sólo la suya. También se ha hablado mucho de la salvación del ciclismo en sí. Contador, por ejemplo: «Me quedo con lo que puede ser bueno: tal vez así podremos cerrar este capítulo de esa década y centrarnos en el presente y el futuro de este bonito deporte».

En realidad, coincidían sobre la entrevista de Armstrong dos expectativas. Que fuera salvavidas. Que funcionara como sábana, última cobertura de un objeto clausurado sobre el que no hablar más. En cualquier caso, Armstrong salvando el ciclismo desde el sofá en el que se tiende a contemplar sus siete maillots amarillos del Tour de Francia. Con todo el peso lejos del asfalto, resulta natural el interés por la intensidad y la hondura de la confesión.

Con el show de Oprah coincidió la visita a Madrid, invitado por la Agencia Estatal Antidopaje, del ciclista David Millar, también dopado confeso después de ser pillado. Recordó su teoría sobre las confesiones y las salvaciones conjuntas: «Que todo el mundo salga y cuente su historia, lo que hizo, en una gran comisión de la verdad y la reconciliación», dijo. Él, que dice que ha contado todo en su libro, «Pedaleando en la oscuridad», cree que un solo relato no anula la necesidad de los demás. A él le liberó el suyo, cuenta. Quizá muchos esperaban que Armstrong cargara con la contrición de todos, y en eso evidentemente se quedó corto. Pero Lance Armstrong ha venido a salvar a Lance Armstrong. Él sabrá cómo se ha quedado.

(Publicado en ABC el 21/1/2013)

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"Si quieres, te lo hago y me dices"

La dramatización de Cesc en la roja a Medel y sus explicaciones de luego constituyen en realidad un incomprendido esfuerzo del barcelonista de acercar al tipo de a pie una verdad asumida como inalcanzable. Se trata de algo que frustra a muchos deportistas de alto nivel. «La gente no es consciente de lo que me ha costado», dicen. Como es lógico, lo que le pasa a la gente es que sólo podría ser consciente, o casi, habiendo recorrido la misma senda que el tipo que se queja. De otro modo resulta imposible salvar la distancia entre la hierba del Pizjuán y la barra del bar. De ahí el valor del gesto de Cesc: «Me pone la frente en la cara: es roja. Si quieres, te lo hago y me dices». Una oportunidad inigualable de ponerse en su piel.

No siempre es tan sencillo. En realidad, casi nunca lo es. Ni siquiera en el mismo partido. Queda por ejemplo lejísimos la piel de Negredo, que dejó el campo en el minuto 80, cuando su equipo aún ganaba 2-1 al Barcelona, aplaudiendo al público, casi dando por zanjada la victoria, que luego fue un 2-3. Se puede sentir el mismo roce de la frente Medel, pero ¿cómo igualar la desilusión que habrá alcanzado a Negredo en las duchas del campo? Ni siquiera ese es el caso más complicado del fin de semana. Sin ninguna duda, el keniano Geoffrey Mutai permanecerá para siempre solo en su desesperación berlinesa.

Llegaba a Alemania con todo dispuesto para batir el récord del mundo de maratón. Hasta la mitad del recorrido, 21,097 kilómetros de carrera, estaba convencido de que lo conseguiría. Pero allí se dio cuenta de que llevaba algo más de una hora engañado. El reloj de la organización que le acompañaba sobre un coche funcionaba mal y le había hecho creer que iba más rápido de lo que en realidad sucedía. Subió el ritmo, recuperó el tiempo, pero se derrumbó en el último kilómetro y se le escapó el récord. El director de la carrera reconoció que había sido «vergonzoso». Otra de las virtudes de lo de Cesc es dejarle a Mutai una buena frase para escupir antes de abandonar Berlín: «Si quieres, te lo hago y me dices».

(Publicado en ABC el 1/9/2012)

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Una cosa que me molesta de los diarios es ver un reportaje con tres despieces. Prefiero que me cuenten la historia de arriba abajo. Dicen que es que la gente no lo lee… bueno, pues si no lo leen que no lo lean.
José Martí, entrevistado en Jot Down

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Rosselló me dio pena, porque vivía exclusivamente para el diario y no asimiló que le echaran. Le veíamos dar vueltas a la manzana, alrededor de las oficinas del periódico, hasta que murió de un ataque al corazón.
José Martí, en Jot Down

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[…] recuerdo que un día le entregué [a Manuel Ibáñez Escofet, llavors director adjunt de El Correo Catalán] un texto sobre patentes y mientras lo corregía me dijo que estaba bien. Le respondí que sí, pero que lo más interesante me habían pedido que no lo publicara y, mientras se lo explicaba, vi que empezaba a escribir. Le recordé que me habían pedido que no lo publicara y si lo hacía me iban a llamar hijo de puta. Me preguntó: “¿Qué prefieres, que mañana te llamen hijo de puta o que ahora mismo yo te diga que eres una mierda como periodista?” Total, que salió y, al día siguiente, me gritó desde la otra punta de la redacción: “Martí, ¿qué te ha dicho ese tío cuando te ha llamado?” Y le contesté: “Que soy un hijo de puta.” “Bueno, pero eres un buen periodista.” Las cosas funcionaban así.
Josep Martí Gómez, repòrter de tota la vida, explica la seva formació professional al final dels anys 60. (via periodisme)

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Una verdad que el futbolista, en el trajín de su rutina, ignora: que el fútbol se termina y la vida sigue.